martes, 6 de mayo de 2008

La Maldición... Cp. 1

La maldición Que Cayó Sobre Jersey o Pégale con un palo a ver si está muerto

...¡Iä!¡Iä! ¡Cthulhu fhtagn! ¡Ph’nglui mglw’nafh Cthulhu R’lyeh wagh- nagl fhtagn!...
The shadow over Innsmouth
H.P Lovecraft

Sylvia Sylvermann comprendió por fin el termino “psicodélico” cuando acabo de comerse aquel yogourth ( si, se escribia asi, como si fuera un personaje de Lovecraft, o un repartidor a domicilio checoslovaco.)
Ella insistió en que no deseaba comerlo, pero su madre la convenció de que lo hiciera. Ni tan siquiera la fecha de caducidad, pasada un mes y medio, que Sylvia enseñaba mientras se ponía azul, rosa y luego amarilla limón convencieron a aquella inmigrante checoslovaca del posible deterioro del postre.
- Los jóvenes de ahora sois unos blandos.- respondía ella.
-Esa es tu respuesta para todo.- la acusó Sylvia, momentos antes de caer en un cuelgue lácteo que la mantuvo como en trance el resto del día.
Cuando volvió en si explicó como había dado la vuelta alrededor del sol de la mano de un misterioso acompañante, y de cómo había descubierto el amor tántrico gracias a aquel benefactor de larga barba blanca.
El padre de Sylvia, después de perseguir con una escopeta a Joel, el vecino que había ido a visitar a Sylvia vestido de Papa Noel ( a pesar de estar en Junio, el chico tenia algunos problemas con el calendario) pensó, después de tomarse una caja de cervezas, en pasearse por la calle con los calzoncillos en la cabeza cantando temas de la banda sonora de “Sonrisas y lagrimas”. Cuando se le pasó la borrachera, y en medio de una resaca que haría vomitar a media Rusia, volvió a pensar y esta vez vió con claridad lo que debía hacer como padre, como fontanero y como representante en el mundo de los albinos: mandar una seria carta de queja al director de la compañía del yogourth ( no estoy seguro de que al pronunciarlo mas de una vez no se vaya a aparecer un monstruo de aspecto viscoso y repugante).

Mientras, en otro extremo de la ciudad, Nat tendía la ropa mojada de sus tres hijos y de una rata que habían adoptado al no querer irse ella por su propia voluntad. Entre calzoncillo y calcetín, Nat paró por unos instantes y recordó su feliz vida de niña en la penitenciaría del estado, donde estaba internada su madre, su hermana mayor y una prima que fue a visitarlas por navidad.

Las cartas que llegaban a Sogth, la multinacional de productos lácteos más importante en los tres hemisferios, pasaban un complicado sistema de criba antes de llegar a sus destinatarios.
En un primer corte, las enviadas desde otras empresas, pedidos, facturas y demás viajaban por unas tuberías mecanizadas hasta sus correspondientes departamentos; después se separaban las de hacienda, denuncias de sanidad y demandas de paternidad, que corrían al grupo de abogados residente; la publicidad era destruida cada 6 segundos. Esto nos dejaba con las cartas al director y las amenazas de muerte, que eran depositadas por un operario en la mesa del señor Robertson, Clarence Robertson, ayudante personal del presidente de industrias Sogth, Don Yog Sogoth.
Clarence leía las cartas, separando las amenazas de muerte de las quejas e insultos y alguna ocasional felicitación, seguramente aparecida allí por un error postal.
Entre el montón de los insultos reposaba la carta de Perry Sylvermann, el padre de Sylvia, que después de titánicos esfuerzos para centrar su atención en algo más complicado que ver a un pollo comer grano del suelo, había conseguido engatusar a su sobrino Al para que le escribiera la misiva.
- Yo no se manejarme bien con estas letras modernas, Al. – le dijo a su sobrino, sin poder evitar un melancólico recuerdo al copto, su lengua materna.
La carta estaba redactada de manera confusa y sin sentido, en parte por el desconocimiento por parte de Al del uso del punto o la coma. Contenía además fallos ortográficos desconocidos hasta el momento. Iba ya derecha a la papelera industrial que reposaba delante de Clarence cuando éste leyó “ algo de importancia “ .El señor Sogoth le advirtió al entrar a trabajar a sus órdenes que cuando leyera esa frase en una carta debía pasársela inmediatamente. Esto sólo había ocurrido en un par de ocasiones anteriores a esta, pero ambas cartas estaban escritas por un Bull Terrier de Oklahoma que ni siquiera había terminado el graduado escolar.
Abrió los grandes portalones del despacho y entró sabiéndose portador de una buena nueva.
- Señor, ha llegado. Mire lo que pone en esta carta.-
- Por todos los dioses, Clarence, no lo veo desde aquí. Acérquese algo si no quiere que le arranque la cabeza.-
Robertson caminó los 56 metros que separaban la puerta de la mesa de su jefe y entregó la carta.
Los ojos saltones de Yog leyeron ávidamente a través de unos gruesos cristales de dioptrías indefinidas. Al acabar no pudo reprimir una carcajada de satisfacción.
- ¡Lo tenemos, pequeño bastardo hijoputa, lo tenemos!- le chilló a Clarence, que se emocionó visiblemente al ser elogiado por su superior.
- ¡Prepara el coche! He de ir aquí inmediatamente. ¡Corre, si no quieres que te arranque la cabeza!.-
Clarence salió del despacho a cumplir las órdenes, dejando a su jefe extasiado ante la carta.
- ¡ Por fin, mis oraciones a El Que Duerme Bajo El Mar han dado su fruto, ya no tendré que seguir languideciendo en esta ciudad horrible!¡Y tan cara, por otra parte!.-

Los Sylvermann veían una serie de la que se sabían el diálogo a causa de su continuada reposición. Habrían cambiado de canal, pero Perry, en uno de sus ataques de ira, provocado en parte por la ingestión de una botella de whisky, se había comido el mando aduciendo que así sería capaz de cambiar de canal desde el estómago.
- Acabo con un dolor tremendo de dedo de apretar botoncitos todo el rato.- Se justificó ante su mujer y su hija, atónitas al comprobar que no les había dejado nada, ni tan siquiera el botón del 8, el canal de telenovelas.
Sylvia fue la primera en oírlo. Comenzó como un zumbido lejano. Después de abrir su mente, como a ella le gustaba llamarla, sus sentidos se veían aumentados, y podía escuchar como Reneé Alonzo, en una timba de póker al estilo de Missouri a 50 km de allí, subía la apuesta 15 dólares más.
Al momento ya no hacía falta la amplificación especial para oír lo que se acercaba a la casa de los Sylvermann.
Tres enormes motos, con motoristas no menos grandes, entraron primero en el jardín de la familiar. Inmediatamente bajaron de sus metálicas monturas y rodearon la casa mirando en todas direcciones. Uno de ellos permaneció en el patio trasero, los otros a los lados.
Al momento aparecieron otras tres motos, esta vez seguidas de cerca con un Rolls Royce negro que no cabía en el jardín, por lo que tuvo que aparcar fuera, mientras las 7 motos restantes si que paraban en el césped, que a estas alturas ya estaba totalmente revuelto y arrancado.
Los diez hombres, de cuero negro riguroso y sin quitarse los cascos, rodearon el coche e hicieron un pasillo ante la puerta trasera derecha. Por ella descendió Don Yog Sogoth. Corpulento por no decir gordo, con una cara extraña, por no decir feo. Ojos saltones y grandes, boca enorme y una nariz gruesa y puntiaguda. Aún así, no exento de cierto atractivo, como notó Emily, la vecina de enfrente, que no pudo evitar un pequeño sofoco al ver la cara del magnate y por unos minutos fue incapaz de distinguir a su hijo de una vaporeta.
Que los Sylvermann hubieran visto todo esto no quiere decir que se hubieran levantado o sorprendido. De hecho, cuando uno de los motoristas llamó a la puerta, se sobresaltaron, y Enid, la mujer de Perry, se preguntó :
- ¿Quién podrá ser a estas horas?.-
Cierto es que daba igual la hora del día a la que llamara la gente para que Enid se preguntara eso, lo había visto en muchas películas y le gustaba como sonaba, la hacía parecer una mujer de mundo.
Abrió la puerta para encontrarse a Don Sogoth ante ella. Enid se desmayó allí mismo, desparramándose por el suelo.
Rápidamente Sylvia, que era la única que temía algo la visita, no sabia muy bien por que, acudió a socorrer a su madre.
- De vez en cuando se le produce un pinzamiento que la deja inconsciente. Nada importante a no ser que le ocurra en una cuchillería.- Mientras hablaba miró de arriba a abajo al visitante que aguardaba en la puerta.- ¿Qué quiere?- preguntó con cierta desconfianza.
- ¡Eres tú! ¡Es ella Robertson, por fin ha aparecido!.- se dirigía a su ayudante, que había salido tras él del coche, solo que había llegado algo tarde a la puerta por que los guardaespaldas no le reconocieron hasta que no enseñó las iniciales grabadas en su ropa interior.
- ¡Por fin, el momento ha llegado! –
Y dicho esto Yog Sogoth abrazó con sus rozillos brazos a Sylvia.

4 comentarios:

tormenta dijo...

qUE COÑO ponía o que coño tenía la carta... los colores de la bandera de la nación de D. sogth, describía la forma del aliento de poseido, una huella dactilar en forma de caracol perfecta, el número exacto de PI... Para cuando el resto.

WAYNE GRO dijo...

Paciencia pequeño bastard, las aventuras de Sylvia y su gente continuarán bien pronto

piños dijo...

para cuando el segundo capítulo, malandrín??

WAYNE GRO dijo...

Pronto, muy pronto